lunes, 31 de diciembre de 2007

Ilustra un artículo II

La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga. En este sentido, adopté hace algunos años como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que "no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios".

Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas. "Quien piensa se raya" -dicen en su jerga-, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás. Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados. No merece la pena pensar -vienen a decir- si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás. Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.




En consonancia con esta actitud, el estilo de vida juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de todo compromiso. Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento -por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan nuestra cultura- exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir. No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la revolución sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta años. "Ni quiero una chaqueta para toda la vida -escribía una valiosa estudiante de Comunicación en su blog- ni quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la vida. Ahora mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto sólo me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la sociedad que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos compromiso con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en calada, decimos "te quiero" demasiado rápido: la primera discusión y enseguida la relación ha terminado. Nos da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de tener que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer para toda la vida".


El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que "el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos". Esto sucede -explicaba Arendt- cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad -añado yo- vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.


De hecho, puede decirse sin cargar para nada las tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito intelectual como en un nivel más personal. No piensan que su papel trascienda mucho más allá de lograr unos grados académicos para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores. No les interesa la política, ni leen los periódicos salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se conforman con divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo afectivo con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito ha escrito Zygmunt Bauman.


Resulta muy peligroso -para cada uno y para la sociedad en general- que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.




Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos -como aspiraba Wittgenstein- a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.


Retrato


Xavier Bringué es licenciado en Ciencias de la Educación y Doctor en Comunicación. Entre 1990 y 1994 trabajó como profesor de enseñanza Primaria y Secundaria en el Colegio Irabia de Pamplona. Más tarde, en 1994, se incorporó a la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra como profesor de la recién creada Licenciatura de Publicidad y Relaciones Públicas. En la actualidad es Profesor Adjunto del Departamento de Empresa Informativa e imparte su docencia para las asignaturas de Psicología e Investigación de Mercados. Además es miembro de la Society for Consumer Psychology y subdirector del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad de Navarra. Su investigación se centra en el estudio del consumidor, la publicidad y el marketing infantil, el consumo y la educación, y los medios de comunicación y la familia. Sobre estos temas ha publicado varios artículos y libros, y ha participado en numerosos congresos y seminarios profesionales. También realiza trabajos de consultoría para empresas relacionadas con productos infantiles y entidades como la Asociación Española de Agencias de Publicidad o la European Association of Communications Agencies.









miércoles, 12 de diciembre de 2007

Reflejos





















Reflejos, los hay por todas partes y, sin embargo, qué difícil es ser original a la hora de fotografiarlos. Espejos y agua, eso es lo primero en lo que se piensa, pero ¿quién no lo ha hecho ya? Esa es la principal dificultad que he encontrado yo a la hora de realizar esta práctica. Por lo demás, me ha parecido bastante interesante.
En ningún momento he pretendido con esta práctica expresar nada en particular, ni estados de ánimo, ni pensamientos, ni nada. Lo único que he hecho es fotografiar aquello que me ha llamado la atención. Las dos primeras fotos las saqué un día desde la ventana de mi habitación de Pamplona. Fuera llovía y el suelo mojado reflejaba las luces de las farolas y de los coches. La primera foto me gusta especialmente por la curiosa forma que han adoptado todas las luces, debido a que no tenía trípode. En la segunda conseguí lo que pretendía hacer, captar el movimiento de los coches. La siguiente fotografía la hice una tarde, al despertar de la siesta. Los rayos de luz se colaban por la persiana y se reflejaban en la pared de mi habitación. Al principio me quedé mirando el reflejo aturdida, pero de repente me di cuenta de que podía fotografiarlo y cogí la cámara rápidamente.
El resto de las fotos las saqué un fin de semana que volví a mi casa, en Bilbao. Fue una casualidad que mi portátil estuviese abierto y la luz del fondo de la habitación encendida. Me di cuenta de que se reflejaba y le pedí a mi hermano que por favor se sentase justo bajo el foco de luz. El resultado es, en mi opinión, muy interesante, porque, aunque el color azul que enmarca el portátil pueda parecer artificial, la foto no está en absoluto retocada. También he incluido una foto de un edificio que hay en Bilbao, porque me parece muy curioso.
Desde que hice esta práctica me fijo mucho más en todo lo que veo. Antes andaba por la calle sumida en mis pensamientos la mayor parte del tiempo, pero ahora soy mucho más consciente de las cosas que me rodean. Me he dado cuenta de que la belleza está en todas partes, lo único que hay que hacer es saber mirar.



Rincones de Pamplona








Esta práctica me ha vuelto literalmente loca, porque, debido a problemas con la cámara, no pude participar en el concurso “Rincones de Pamplona” y, además, tuve que hacer las fotos tres veces.
El primer día que salí fue la mañana de un domingo muy soleado. Estuve casi tres horas paseando por Pamplona, fotografiando todo lo que me llamaba la atención. Principalmente por la Ciudadela y la Taconera, ya que los parques son lo que más me gusta de las ciudades. Cuando paseo entre los árboles suelo imaginar que estoy en el campo, que he dejado los coches, el bullicio y el estrés atrás. Es una pena que ninguna de estas fotos saliese. La verdad es que todavía no he conseguido averiguar lo que le pasaba a mi cámara, porque ni esa ni la siguiente vez que fui a hacer fotos lo conseguí.
Pero como se suele decir, a la tercera va la vencida. De todos modos, no fue lo mismo, porque ni el día era tan propicio como el primero, ni tuve tanto tiempo para pasear, ya que las últimas semanas del curso suele acumularse mucho trabajo. Esta vez me dediqué a recorrer las cercanías de la nueva estación de autobuses. Estuve experimentando un poco con la cámara, porque me gusta el efecto que se consigue cuando la fotografía sale nítida, pero los coches movidos. También me acerqué al Baluarte, que con la iluminación navideña estaba precioso. A pesar de que no estuve mucho tiempo, las manos se me quedaron ateridas de frío.
Sin saber muy bien cómo, me puse a pensar en el día en que llegué a Pamplona por primera vez. Tenía una sensación extraña en el cuerpo. Por un lado estaba emocionada, porque empezaba una vida nueva fuera de mi hogar. Me esperaban cuatro años en una ciudad desconocida y ardía en deseos de empezar a explorarla. Por otra parte, estaba desolada. Había dejado atrás a todos mis seres queridos y en cierto modo intuía que mi vida iba a dar un giro espectacular, aunque nunca imaginé hasta qué punto.
Ahora que veo las cosas con perspectiva, puedo decir que la experiencia ha merecido la pena. He conocido un montón de gente increíble y he aprendido muchas cosas. Sin embargo, no puedo evitar pensar en lo diferentes que hubiesen podido ser las cosas si nunca hubiese dejado Bilbao. En esos momentos siento añoranza. Pero es que la vida no es dulce, es agridulce.