miércoles, 24 de octubre de 2007

Santo Domingo







Aunque puede parecer fácil hacer unas fotos como estas, su simplicidad es únicamente aparente. No sólo es la primera práctica en la que el objetivo es fotografiar personas, sino que además hay que invadir su intimidad en cierto modo, cosa que normalmente no suele ser del agrado de nadie. Sin embargo, mi experiencia con los trabajadores del Mercado de Santo Domingo ha sido muy positiva. Ninguno de ellos me impidió fotografiarle, a pesar de que todos los años les toca pasar por lo mismo. Por otra parte, en esta práctica empecé a tener problemas con mi cámara y no me salieron más que ocho fotos y bastante oscuras. Me dio mucha rabia, porque había hecho algunas fotografías interesantes de un tiburón que vendían en un puesto de pescado.
El primer fotografiado se llama Daniel y es un hombre muy agradable. Cuando me vio pasar con la cámara, no hizo falta que le pidiese permiso para nada. Me dio todas las facilidades e incluso me ayudó a montar un bodegón. Como fue tan amable conmigo, no pude dejar de incluirle en mis fotos. A pesar de ser un hombre muy animado, no pudo evitar entristecerse cuando me contó que cada vez menos gente se acerca a hacer la compra al mercado.
Después de despedirme de Daniel continué mi paseo por el mercado hablando con casi todos los tenderos, gente muy maja, por cierto. Cuando apenas me quedaban cuatro fotos en el carrete, me encontré con una compañera de clase que había escogido el mismo día que yo para acercarse a Santo Domingo. Me ofrecí a acompañarla a hacer sus fotos y estuvo muy bien, porque conseguimos que las panaderas me dejasen entrar en su puesto e Itziar pudo fotografiarme con la bata blanca puesta. También estuvimos investigando un poco por el reservado que hay detrás de los puestos de pescado, observando cómo descargaban la mercancía y la colocaban en su lugar. Excepto una mujer que vendía bacalao, todos los demás estuvieron en todo momento dispuestos a hablar con nosotros, lo que siempre se agradece, ya que es bastante habitual que los estudiantes resultemos un estorbo.
Considero que esta ha sido una experiencia positiva, no sólo porque ayuda a vencer la vergüenza y a enfrentarse a la gente, sino también porque probablemente de no haber sido por esta práctica, todavía no habría visitado el mercado de Santo Domingo. Y habría sido una pena, porque cuando te acercas a un lugar así te das cuenta de que todavía quedan sitios en los que parece que el tiempo no ha pasado, en los que el trato humano sigue siendo lo más importante. Y eso, teniendo en cuenta la sociedad en la que vivimos, no es nada fácil de encontrar.

martes, 16 de octubre de 2007

1000 fotos

Debo reconocer que en un primer momento la práctica de las 1000 fotos me resultó bastante absurda. Y de hecho sigo pensando que lo es un poco, porque al no ver las fotos que has hecho no puedes saber dónde has errado y dónde no. Sin embargo, ha sido una oportunidad para conocer los entresijos de mi cámara y la verdad es que he descubierto muchas cosas que no sabía.
Como no quería cansarme enseguida de hacer fotos sin carrete, decidí hacerlas en mis ratos libres y no durante todo un día. La primera vez que cogí la cámara fue el viernes, en Zaragoza, en los Pilares. Estuvo bastante bien, porque nunca había estado allí y todo me parecía nuevo, así que tuve muchas cosas que fotografiar: la gente vestida de Baturros, los parques, árboles, edificios...
El siguiente día que cogí la cámara fue el martes y me ocurrió algo muy curioso. Llegaba yo a casa, cuando de repente me encuentro con la prensa en mi portal. Eso me sorprendió mucho, porque no me esperaba tal recibimiento. Como mujer que soy no pude evitar caer en la tentación de preguntar lo que pasaba. La respuesta me dejó sin palabras: ¡estaban allí porque uno de los vecinos de mi portal había sido secuestrado en México! Yo había oído la historia en la radio, pero ni mucho menos podía imaginarme que el hombre viviera en mi portal. Así que muy decidida yo saqué la cámara y me puse a hacer fotos. Creo que con eso me he ganado la eterna enemistad de mis vecinos, pero bueno, todo sea por la causa...

miércoles, 10 de octubre de 2007

Juguetes








Esta práctica me ha gustado especialmente porque puedes utilizar la imaginación y a la vez jugar con las reglas de la composición.
La primera de todas las fotos la hice en la terraza de mi casa, lo que fue toda una odisea, ya que está en obras y no hay terraza propiamente dicha. Solamente están las baldosas que se ven en la foto, pero no hay barandilla ni nada y además hay que salir por la ventana. Así que prácticamente puede decirse que me jugué la vida por hacer la práctica. Bueno, es evidente que exagero, pero sí que daba vértigo mirar hacia abajo.
Por otro lado, escogí esos dos elementos porque me hacía mucha gracia el contraste del tamaño entre el bateador y la pelota. El fondo me pareció muy apropiado porque las rayas del suelo me permitían hacer una fotografía bastante simétrica.
Las demás fotos las hice todas en Yamaguchi. Tengo que reconocer que me lo pasé muy bien, aunque la gente me miraba sorprendida, porque iba de un lado a otro colocando a mis muñecos y haciéndoles fotos. A pesar de que pensasen que estoy desequilibrada, continué con mi cometido y creo que con bastante buen resultado. Mi intención en todo momento era integrar a los personajes en el paisaje. La verdad es que no resultó muy difícil, porque mis personajes eran un duende (típico del bosque), una oveja y una rana.
Estoy especialmente orgullosa de estas fotos porque, a diferencia de las anteriores, que tuve que retocarlas en el Photoshop porque eran muy malas, apenas he tenido que modificarlas. Espero poder decir lo mismo de la siguiente.

lunes, 8 de octubre de 2007

Historia de un árbol


Si mi abuelo creía firmemente en algo, era en la reencarnación. Aún más, estaba convencido de que en su vida anterior fue un árbol. Pero no cualquier árbol, no, sino el Magnolio que están ustedes viendo aquí.

Y es que mi abuelo siempre se sintió identificado con los árboles, por eso de que echan raíces. Al igual que este ejemplar del parque de Bilbao, él se sentía muy estrechamente unido a su tierra y, además, era capaz de quedarse quieto durante horas contemplando cómo el mundo giraba a su alrededor.

Cuando cumplí seis años, me llevó por primera vez a admirar el Magnolio que un día fue él (el modo en que pasó de árbol a persona es algo que nunca le dio tiempo a explicarme). Me subía a la primera rama y me contaba siempre la misma historia:


Cariño –empezaba- hoy estás de suerte. Porque vas a escuchar una historia que muy pocas personas conocen.
La mayor parte de la gente cree que la ciudad en la que hoy vivimos surgió en Las Siete Calles, pero están equivocados. Esta ciudad nació alrededor del árbol en el que estás subida. Y si lo sé, es porque yo lo presencié. Porque ese árbol, querida mía, fui yo (cuando decía esto siempre bajaba la voz y me miraba con un aire de complicidad).


Un caluroso día, muchos años atrás, una familia de fugitivos se acercó a mí para refugiarse del sol. Como siendo un árbol uno no tiene muchas cosas con las que entretenerse, me dediqué a escuchar su conversación. Y me enteré de que aquellos infelices estaban condenados a muerte, ya que eran tan pobres que no podían pagar el tributo que su señor exigía. Este hombre, que era malo malísimo, les pidió a cambio a su hija pequeña, cosa que evidentemente no podían aceptar, por lo que se dieron a la fuga.




El destino quiso que llegasen hasta mí. Gran suerte, ya que el lugar en el que estamos se encontraba fuera del límite del reino del malvado señor. Así que se instalaron aquí y se convirtieron en los primeros habitantes de Bilbao.





Algunas personas tachaban a mi abuelo de lunático por contar este tipo de cosas, lo que le irritaba enormemente. Sin embargo, yo creía cada una de sus palabras.

Hace algunos años, cuando empezó a notar que su muerte se acercaba, me llamó y me dijo que quería pedirme algo muy importante. Yo por mi abuelo cualquier cosa, así que acudí de inmediato. Nunca olvidaré sus palabras de aquel día:

Hija mía, sé que el momento de mi muerte se acerca (esto no me afectó demasiado, ya que, al igual que mi abuelo, creo en la reencarnación) y quiero que hagas algo por mí. Quiero que entierres mis cenizas bajo EL ÁRBOL. No quiero correr el riesgo de reencarnarme en un gusano, por ejemplo. Así que hazme el favor. ¿Lo harás? Yo contesté que sí y nunca volvimos a hablar del tema.

El día en que murió hice lo que me había pedido y coloqué una plaquita al pie del árbol en la que ponía: Manuel Mitxelena – Magnolio.

En realidad, nunca he sabido si mi abuelo era realmente un lunático o no. Sin embargo, de lo que no hay ninguna duda es
de que tenía una imaginación desbordante.